Este estudio no busca desacreditar a las iglesias ni a los creyentes que practican el diezmo. Nuestro propósito es examinar las Escrituras y distinguir entre las disposiciones dadas a Israel bajo la Ley y las instrucciones dirigidas a la iglesia bajo el nuevo pacto (Hebreos 8:6-13; 9:15).
La pregunta central es: ¿Enseña el Nuevo Testamento que todo cristiano está obligado a entregar exactamente el diez por ciento de sus ingresos?
El diezmo en el Antiguo Testamento
El diezmo formaba parte del sistema establecido por Dios para Israel. La Ley hablaba del diezmo de la tierra y del ganado (Levítico 27:30-33), servía para sostener a los levitas (Números 18:21-24) y también beneficiaba al extranjero, al huérfano y a la viuda (Deuteronomio 14:22-29; 26:12-13).
Toda la Escritura continúa siendo útil para nosotros (2 Timoteo 3:16-17), pero que un mandamiento aparezca en el antiguo pacto no significa automáticamente que conserve la misma aplicación obligatoria bajo el nuevo pacto (Hebreos 8:6-13).
Abraham diezmó antes de la Ley
Abraham entregó a Melquisedec la décima parte de los despojos obtenidos después de una batalla (Génesis 14:18-20; Hebreos 7:4). Jacob también prometió personalmente entregar el diezmo a Dios (Génesis 28:20-22).
Estos acontecimientos demuestran que el diezmo existía antes de Moisés, pero ninguno de esos pasajes contiene un mandamiento universal ordenando a todos los creyentes entregar periódicamente el diez por ciento de sus ingresos.
Que una práctica existiera antes de la Ley no demuestra, por sí sola, que haya sido establecida como obligación permanente para la iglesia.
¿Hebreos 7 establece el diezmo para la iglesia?
Hebreos 7 recuerda el diezmo de Abraham y explica que los levitas tenían mandamiento de recibir los diezmos “según la ley” (Hebreos 7:5).
Sin embargo, el propósito del capítulo es demostrar la superioridad del sacerdocio de Cristo, no establecer un sistema financiero para la iglesia (Hebreos 7:11-28).
“Porque cambiado el sacerdocio, necesario es que haya también cambio de ley” (Hebreos 7:12).
Por tanto, aunque Cristo es nuestro Sumo Sacerdote (Hebreos 7:24-28), Hebreos 7 no contiene una orden dirigida a los cristianos para entregar obligatoriamente el diez por ciento de sus ingresos.
Jesús y Malaquías hablaron del diezmo
Jesús enseñó a los escribas y fariseos que no debían descuidar el diezmo mientras ignoraban asuntos más importantes de la Ley como la justicia, la misericordia y la fe (Mateo 23:23).
El contexto muestra que Jesús hablaba a personas que vivían bajo la Ley (Mateo 23:1-2; Gálatas 4:4). El nuevo pacto sería establecido mediante su sangre (Lucas 22:20; Hebreos 9:15). Por eso, Mateo 23:23 demuestra que Jesús exigía a aquellos hombres cumplir correctamente sus obligaciones bajo la Ley, pero el pasaje no establece por sí mismo el diezmo como obligación para la iglesia bajo el nuevo pacto.
Algo semejante ocurre con Malaquías 3. El mensaje fue dirigido a Israel (Malaquías 1:1) dentro de sus responsabilidades bajo la Ley (Malaquías 3:7-10). El alfolí estaba relacionado con depósitos utilizados para las provisiones destinadas al servicio religioso (Nehemías 10:37-39; 13:10-12).
Podemos aprender de Malaquías sobre fidelidad y generosidad, pero no debemos convertir aquella advertencia en una amenaza automática contra todo cristiano que no entregue exactamente el diez por ciento. Cristo nos redimió de la maldición de la Ley (Gálatas 3:10-13).
Una cosa es enseñar generosidad y otra muy diferente utilizar el miedo a una maldición para conseguir contribuciones económicas.
Entonces, ¿cómo se sostiene la obra de Dios?
Que no encontremos un diezmo obligatorio para la iglesia no significa que los cristianos no tengan responsabilidad de sostener la obra de Dios.
El Nuevo Testamento enseña claramente que quienes anuncian el evangelio pueden ser sostenidos por quienes reciben su ministerio (1 Corintios 9:14; Gálatas 6:6; 1 Timoteo 5:17-18). Los filipenses también ayudaron económicamente al ministerio de Pablo (Filipenses 4:15-18).
Además, los creyentes son llamados a ayudar a quienes tienen necesidad (Hechos 4:34-35; Gálatas 6:10).
La obra de Dios necesita recursos y los creyentes tienen responsabilidad de contribuir. Lo que no encontramos es un porcentaje obligatorio único para todos.
¿Cuánto debe dar un cristiano?
El Nuevo Testamento enseña principios claros:
- Dar conforme Dios nos haya prosperado (1 Corintios 16:2).
- Dar según nuestras posibilidades (2 Corintios 8:12).
- Dar generosamente (2 Corintios 9:6).
- Dar voluntariamente y con alegría (2 Corintios 9:7).
“Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre” (2 Corintios 9:7).
Por eso, aunque no encontramos un porcentaje obligatorio para toda la iglesia, sí encontramos un llamado claro y serio a la generosidad.
¿Está mal diezmar voluntariamente?
No. Un creyente puede decidir voluntariamente entregar el diez por ciento, o incluso más, como una disciplina personal de generosidad.
Lo importante es diferenciar entre decir: “He decidido entregar el diez por ciento para honrar a Dios” y afirmar: “Dios exige a todos los cristianos entregar exactamente el diez por ciento y castigará a quien no lo haga”.
La primera es una decisión personal. La segunda establece una obligación universal que tendría que demostrarse claramente en las Escrituras. El principio que encontramos es: “Cada uno dé como propuso en su corazón” (2 Corintios 9:7).
La libertad no debe convertirse en mezquindad
Que el diezmo no sea obligatorio no debe convertirse en una excusa para dejar de contribuir. Las iglesias de Macedonia dieron generosamente aun en medio de dificultades económicas (2 Corintios 8:1-5), y Pablo enseña: “El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará” (2 Corintios 9:6).
Esto no significa que podamos comprar la prosperidad de Dios con nuestras ofrendas. El mismo contexto enseña que Dios provee para que abundemos en buenas obras y nuestra generosidad produzca acciones de gracias a Él (2 Corintios 9:8-12).
No damos para comprar las bendiciones de Dios. Damos porque hemos recibido su gracia y queremos reflejar su generosidad (2 Corintios 8:9).
No debemos utilizar el miedo
La Biblia enseña que nuestras contribuciones no deben darse “con tristeza, ni por necesidad” (2 Corintios 9:7). Tampoco debemos hacer sentir culpable a una familia porque no puede entregar determinada cantidad, pues la contribución es aceptada conforme a lo que una persona tiene (2 Corintios 8:12).
Los líderes, además, son llamados a pastorear sin codicia y sin enseñorearse de quienes están bajo su cuidado (1 Pedro 5:2-3).
La generosidad cristiana debe nacer de un corazón dispuesto, no de amenazas religiosas.
Las ofrendas deben administrarse con transparencia
Quienes reciben y administran los recursos de la iglesia también tienen responsabilidad delante de Dios. Pablo procuró administrar las ofrendas “honradamente, no sólo delante del Señor sino también delante de los hombres” (2 Corintios 8:20-21).
Además, “se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel” (1 Corintios 4:2). Por eso, la iglesia no solamente debe enseñar a dar correctamente; también debe administrar con integridad y transparencia lo recibido.
Conclusión
Después de examinar estos pasajes, no encontramos en el Nuevo Testamento un mandamiento explícito dirigido a la iglesia que obligue a cada creyente a entregar exactamente el diez por ciento de sus ingresos.
Esto no significa que diezmar sea incorrecto ni que los cristianos estén libres de responsabilidad económica con la obra de Dios.
El Nuevo Testamento nos llama a sostener el ministerio (1 Corintios 9:14), ayudar a quienes tienen necesidad (Gálatas 6:10), dar conforme a nuestras posibilidades (2 Corintios 8:12), proporcionalmente a lo recibido (1 Corintios 16:2), generosamente (2 Corintios 9:6) y con alegría (2 Corintios 9:7).
Quien decide entregar voluntariamente el diez por ciento puede hacerlo con alegría. Quien entrega otra cantidad conforme a sus posibilidades no debe ser condenado simplemente porque no alcance ese porcentaje.
Nuestra intención no es formar una iglesia que dé menos, sino una iglesia que comprenda mejor por qué debe dar.
No queremos que las personas ofrenden por temor a perder las bendiciones de Dios. Queremos que den porque aman a Jesucristo, valoran su obra y desean participar en el avance del evangelio.
No necesitamos imponer un porcentaje para enseñar generosidad, ni despreciar el diezmo para defender la libertad cristiana.
La verdadera generosidad cristiana no nace del miedo a una maldición, sino de un corazón que ha conocido la gracia de Cristo.
“Porque Dios ama al dador alegre”. — 2 Corintios 9:7